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jueves, 19 de enero de 2017

La casa



Es necesario dotar a todo niño de una casa. Un lugar que, aún perdido, pueda más tarde servirle de refugio y recorrer con la imaginación buscando su alcoba, sus juegos, sus fantasmas. Una casa: ya sé que se deja, se destruye, se pierde, se vende, se abandona. Pero al niño hay que dársela porque no olvidará nada de ella, nada será desperdicio, su memoria conservará el color de sus muros, el aire de sus ventanas, las manchas del cielo raso y hasta "la figura escondida en las venas del mármol de la chimenea". Todo para él será atesoramiento. Más tarde no importa. Uno se acostumbra a ser transeúnte y la casa se convierte en posada. Pero para el niño la casa es su mundo, el mundo. Niño extranjero, sin casa. En casas de paso, de paseo, de pasaje, de pasajero, que no dejarán en él más que imágenes evanescentes de muebles innobles y muros insensatos. ¿Dónde buscará su niñez en medio de tanto trajín y tanto extravío? La casa, en cambio, la verdadera, es el lugar donde uno trascurre y se trasforma, en el marco de la tentación, del ensueño, de la fantasía, de la depredación, del hallazgo y del deslumbramiento. Lo que seremos está allí, en su configuración y sus objetos. Nada en el mundo abierto y andarín podrá remplazar al espacio cerrado de nuestra infancia, donde algo ocurrió que nos hizo diferentes y que aún perdura y que podemos rescatar cuando recordamos aquel lugar de nuestra casa.

Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas 

[Muchas gracias, I. por esas pildoritas de última hora]

sábado, 27 de junio de 2015

Distancias

Sudáfrica

Cuando me mudé a Johannesburgo, los primeros días aprendí rápidamente el significado de las distancias. Como aún no tenía coche, iba caminando a los sitios y a veces me daba por preguntar. ¿Está lejos tal o cual centro comercial para ir andando?, decía, por ejemplo.
Si preguntaba a un blanco, la respuesta invariablemente era sí. No entendía bien qué les pasaba a los blancos sudafricanos con las distancias. Jamás andaban. Una vez me pareció ver a mi vecina, una sudafricana gorda de origen polaco, ir en coche a regar las plantas del jardín.
Luego, si el interpelado era negro, mi desconcierto aumentaba. Amigo, ¿tal sitio está demasiado lejos para ir a pie? Siempre, aunque estuviera planteando ir a Sebastopol, la respuesta era no. Nunca había nada demasiado lejos para ir andando. 
Normalmente hacía la media entre las dos respuestas y acababa comprando un billete de avión.

 Xavier Aldekoa, Océano Africa

domingo, 22 de marzo de 2015

También esto pasará

Nos reímos. Y aunque a pesar de gustarme no me gusta, empiezo a coquetear con él. Y siento cómo la miel empieza a derramarse, líquida y solar, como dos niños a punto de robar una bolsa de golosinas y de salir disparados de la tienda, muertos de risa y de miedo. No es la miel espesa y lenta y oscura por la que estaríamos dispuestos a ir al infierno, pero a fin de cuentas es miel, el antídoto contra la muerte.
Desde tu muerte, y desde antes, tengo la sensación de que lo único que hago es ir rapiñando amor, hacerme con la menor migaja que encuentro por el camino, como si fuesen pepitas de oro. Estoy totalmente arruinada y necesito que me desvalijen. Incluso la sonrisa de la chica del supermercado, el guiño de un desconocido por la calle, una conversación banal con el tío del quiosco, todo me sirve, todo lo apuro, nada es suficiente, nada sirve para nada.

Milena Busquets, También esto pasará

sábado, 13 de diciembre de 2014

Aviones

Y no me entusiasma demasiado la espera interminable del equipaje después de aterrizar, ni el jet lag que te excava un túnel transatlántico en el cráneo con una cucharilla particularmente roma. Es lo de en medio lo que me gusta, esa parte en la que estás encerrado en una caja de metal que está flotando entre el cielo y la tierra. Una caja de metal que está totalmente separada del mundo, dentro de la cual no existe el tiempo real, ni el clima real, sólo una rodaja jugosa de limbo que dura desde el despegue hasta el aterrizaje.
Y, por raro que parezca, esos vuelos no sólo significan comerme el plato precocinado y recalentado que el sardónico publicista de la aerolínea decidió llamar "Delicia de Gran Altitud". Para mí son una especie de desvinculación meditativa del mundo. Los vuelos son momentos expansivos en los que el teléfono no suena e internet no funciona. La máxima de que el tiempo de vuelo es tiempo perdido me libera de mis ansiedades y sentimientos de culpa, y me despoja de todas las ambiciones, dejando sitio para una especie de existencia diferente. Una existencia feliz, idiota, la de alguien que no intenta sacar el máximo provecho al tiempo, sino que se contenta sencillamente con encontrar el modo más placentero de pasarlo.

Etgar Keret, Los siete años de abundancia

domingo, 24 de noviembre de 2013

Robinsona

Lo vi la semana pasada en una librería y tuve que reprimirme para no comprarlo inmediatamente.  Las islas son una de mis debilidades. Cualquier isla. Atlas de islas remotas pertenece a la categoría de libros inútiles a los que no puedo resistirme... En realidad, lo miré, le di vueltas, lo olfateé pero decidí dejarlo y disfrutar unos días más de la espera.

Hoy he leído varias reseñas sobre el libro y no puedo estar más de acuerdo con las palabras de su autora "Los cartógrafos deberían reivindicar su oficio como un verdadero arte poético, y los atlas, como un género literario de belleza máxima".



Brava, Cabo Verde. Aunque se me quedó en el tintero, para mí es la menos remota de la colección. En cuanto lo tenga claro, os diré cuál pienso visitar primero.

martes, 29 de octubre de 2013

Un día finlandés

(Conversación telefónica con Garikano)

Un día finlandés,
necesito un día finlandés
tan largo como veinte, treinta
o cuarenta días corrientes.

Quiero un día finlandés
para seguir hablando contigo
de la forma en que vamos a vivir
fuera del paraíso.

El cielo de Finlandia es azul,
y ahora en verano aún más azul,
el sol parece una naranja,
y la luna lo mismo, otra naranja.

Quiero un largo día finlandés
con dos naranjas en el cielo.
Estamos a punto de encontrar
la forma de vivir fuera del paraíso.

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(Garikanorekin hizketan telefonoz)

Egun finlandiar bat,
egun finlandiar luze bat
berrogei egun arrunten
Luzerakoa behar dut.

Egun finlandiar bat nahi nuke
zurekin hiketan jarraitzeko,
aztertzeko nola bizi
paradisutik kanpora.

Finlandiako zerua urdina da,
eta udaran are eta urdinago.
Eguzkiak laranja bat ematen du,
eta ilargiak berdin, beste laranja bat.
Egun finlandiar bat nahi dut,
egun finlandiar luze bat.
Laster aurkituko dugu, maitea,
paradisuaz kanpora bizitzeko modua.

Bernardo Atxaga, El paraíso y los gatos

martes, 24 de septiembre de 2013

Fante

 


El reencuentro con mi madre era siempre la parte más difícil de mis visitas. Mi madre era de las que se desmayaban, sobre todo si la ausencia había sido superior a tres meses. Cuando no llegaban a tres, la situación estaba controlada hasta cierto punto. En estos casos se limitaba a tambalearse y a hacer amagos de derrumbe, pero dándonos tiempo para sujetarla e impedir la caída. Una ausencia de un mes no acarreaba ninguna consecuencia. Lloraba un poco y lanzaba su habitual andanada de preguntas.
Pero en esta ocasión habían transcurrido seis meses y sabía por experiencia que no debía presentarme ante ella de sopetón. La técnica era entrar de puntillas, abrazarla por detrás, anunciarme tranquilamente y esperar a que se le doblaran las rodillas. De otro modo, se quedaba sin aliento, exclamaba "¡Gracias a Dios!" y se desplomaba. Una vez en el suelo, sabía doblar las articulaciones como una masa de gelatina y no había forma de levantarla. Cuando el hijo visitante se cansaba de tirar de ella y de gruñir, se levantaba por su propio pie y se ponía a preparar una cena especial. A mi madre le gustaban los desmayos. Los ejecutaba con mucho arte. Bastaba con que un apuntador cualquiera le diese una entrada.
También le gustaba morirse. Un par de veces al año, sobre todo por Navidad, recibíamos un telegrama avisándonos de que mamá estaba agonizando. No podíamos arriesgarnos a que por una vez fuera cierto. Los hijos, desde distintos puntos del Lejano Oeste, llegábamos a toda prisa a San Juan para cuidarla en su lecho de muerte. Durante un par de horas se moría, hacía ruidos de vajilla rota con la garganta, ponía los ojos en blanco, nos llamaba por nuestro nombre conforme daba los primeros pasos por el valle de sombras. De repente se sentía mucho mejor, abandonaba despacio el lecho de muerte y se ponía a preparar una abundante cena a base de raviolis.

John Fante, Llenos de vida

viernes, 30 de agosto de 2013

La tarea de vivir

El vivir no admite bromas. Has de vivir con toda seriedad, como una ardilla, por ejemplo; es decir, sin esperar nada fuera y más allá del vivir; es decir, toda tu tarea se resume en una palabra: vivir. Has de tomar en serio el vivir. Es decir, hasta tal punto y de tal manera que aún teniendo los brazos atados a la espalda, y la espalda pegada al paredón, o bien llevando grandes gafas y luciendo bata blanca en un laboratorio, has de saber morir por los hombres. Y además por hombres que quizás nunca viste, y además sin que nadie te obligue a hacerlo, y además sabiendo que la cosa más real y bella es vivir. Es decir: has de tomar tan en serio el vivir que a los setenta años, por ejemplo, si fuera necesario plantarías olivos sin pensar que algún día serían para tus hijos: debes hacerlo, amigo, debes hacerlo, no porque, aunque la temas, no creas en la muerte, sino porque vivir es tu tarea.  

Nazim Hikmet. Trad. de Soliman Salom

 [Párrafo del poeta turco Nazim Hikmet, citado por Bernardo Atxaga en su libro El paraíso y los gatos]

jueves, 4 de julio de 2013

Ésta vale

Me gustaría intentar describir lo que experimento cuando digo "Ésta vale". Al fin y al cabo, para lograr esas tomas válidas hacemos todo lo demás. Obviamente algunos de los planos de una película no requieren otra cosa que perfección técnica. No me refiero a esos. Hablo de los planos que se refieren a los personajes, o a puntos críticos de la trama, o a los momentos de mayor intensidad emocional. En primer lugar, me coloco tan cerca de la lente como puedo. Algunas veces me siento en la dolly, justo debajo de la lente. O me pongo detrás del hombro del operador. De esta forma, no sólo me pongo tan cerca como puedo del punto de vista del objetivo, sino que me coloco fuera de la línea del ojo del actor.

 Ahora viene lo más difícil. Antes de empezar a rodar, hago un rápido repaso mental de lo que precede a este plano, y de lo que viene a continuación. Luego pongo los cinco sentidos en lo que los actores van a hacer. Desde el momento en que los actores empiezan a hacer su papel, yo hago la escena con ellos. En mi interior digo las frases con ellos, hago sus mismos movimientos, experimento sus emociones. Me meto dentro de la escena como si fuera todos ellos. Si la cámara se mueve, miro por el rabillo del ojo la sombra del objetivo para ver si el movimiento mecánico ha sido suave o brusco. Si en algún punto de la toma pierdo la concentración, sé que algo ha salido mal. Entonces pido otra toma. Hay veces, en las tomas especialmente buenas, en que me emociono tanto que dejo de "hacer" la escena y contemplo devotamente el milagro de la buena interpretación. Como ya dije, hay vida ahí. Y cuando fluye es el momento en que digo "Ésta vale". ¿Que si es cansado? Puedes estar seguro de que sí. 

Sidney Lumet, Así se hacen las películas

jueves, 20 de junio de 2013

Egos



Duelo de volcanes (Lo siento, no he encontrado ninguna escena subtitulada)

Trabajé con Marlon Brando en Piel de serpiente. Es un tipo suspicaz. No sé si seguirá tomándose esa molestia, pero Brando solía probar al director el primer o segundo día de rodaje. Lo que hacía era darte dos tomas aparentemente idénticas. Excepto que en una estaba realmente trabajando con todo su ser, mientras que en la otra sólo te daba una indicación de cómo era la emoción a representar. Luego se fijaba en cuál decidías dar por buena. Si el director escogía la equivocada, la que sólo contenía una "indicación", Marlon lo tenía claro. Haría de mala gana el resto de su interpretación, o convertiría la vida del director en un infierno, o quizá ambas cosas. Nadie tiene derecho a probar a la gente así, pero puedo entender por qué lo hace. No quiere expresar su vida interior ante alguien incapaz de ver lo que está haciendo.

Sidney Lumet, Así se hacen las películas

martes, 18 de junio de 2013

La libertad de elegir

Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos a algunos hombres que visitaban los barracones consolando a los demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino.

Y allí siempre se presentaban ocasiones para elegir. A diario, a cualquier hora, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión; una decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con robarle el último resquicio de su personalidad: la libertad interior. Una decisión que también prefijaba si la persona se convertiría -al renunciar a su propia libertad y dignidad- en juguete o esclavo de las condiciones del campo, para así dejarse moldear hasta conducirse como un prisionero típico.

Contempladas desde este ángulo, las reacciones psíquicas de los internados se presentaban como el efecto lógico de un determinado cúmulo de condiciones físicas y sociológicas. Aunque algunas situaciones, como el crónico déficit de sueño, la escasísima alimentación y las múltiples tensiones psíquicas, podrían inducirnos a suponer un comportamiento uniforme y estereotipado de los internos, sin embargo, si se analiza la cuestión en profundidad, se advierte que cada prisionero se convertía en un determinado tipo de persona, y ese tipo personal era más el resultado de una decisión íntima que el producto de las férreas y tiránicas influencias recibidas en la vida del lager. En conclusión, cada hombre, aún bajo unas condiciones tan trágicas, guarda la libertad interior de decidir quién quiere ser -espiritual y mentalmente-, porque incluso en esas circunstancias es capaz de conservar la dignidad de seguir sintiendo como un ser humano.

Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.

Los cigarrillos o la vida

Los internos comunes jamás fumábamos los cigarrillos ganados: se cambiaban por alimentos. El privilegio de fumar estaba reservado a los kapos, con su cuota semanal asegurada; a veces, también algún prisionero que trabajaba como capataz en un almacén o taller y recibía cigarrillos como compensación por realizar tareas peligrosas. ¡Si un interno se fumaba sus propios cigarrillos evidenciaba un muy mal presagio! Significaba un síntoma inequívoco de la pérdida de su voluntad de vivir y un abandono fatalista para "disfrutar" al máximo de los pequeños placeres en los últimos días de vida. Señal, además, de haber renunciado a la lucha por la supervivencia, y una vez perdida la voluntad de vivir, raramente se recuperaba.  

Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

[He necesitado muchos años para ser capaz de leer un libro sobre el holocausto, aunque en realidad es un libro sobre cualquiera de nosotros. Y posiblemente debería haberlo leído hace años, cuando lo vi por primera vez en las estanterías de mis padres.]

sábado, 1 de junio de 2013

Manu

Fueron los días más tormentosos de mi vida, y que el niño hubiese nacido sin problemas los convirtió en un bálsamo. Ya todo tenía su orden en el universo. De golpe fue lo más natural del mundo que mi prima, que nació un mes más tarde que yo, hubiese parido al mismo tiempo que Ana y estuviese con su bebé en la habitación de enfrente. Había una cierta coherencia en que mi abuelo estuviese dos plantas más arriba incapaz de reaccionar al coma en que lo había dejado el ictus. Podía decirse que por las buenas y por las malas mi familia había tomado el Hospital Provincial de Pontevedra. Me cruzaba en la cafetería con los hermanos de Ana, veía fugazmente a mis padres subiendo unas escaleras, mi tía entraba en la habitación como ATS, llamaba mi primo desde Antibes a la habitación de su hermana y me ponía yo, mis tíos se enjugaban las lágrimas de vuelta de la planta de Neurología a la de Maternidad, donde sonreían y nos felicitaban como si fuese Nochevieja.

Todo aquello devino en brote, claro. En la segunda noche, con Ana y el niño durmiendo, cogí un folio en blanco y esbocé un pequeño mapa del hospital marcando las zonas de influencia y señalizando con colores las máquinas de agua y las máquinas de chuches según fueran de la familia o estaban en poder del enemigo, tal que objetivos militares. Acababa a las seis de la mañana medio enloquecido, tiraba el folio por el váter para evitar que Ana lo viese y me internasen en Psiquiatría (lo que bien mirado nos hubiera dado poder en un ala del centro que teníamos desasistida, pese a los esfuerzos de una amiga de Ana que apareció en nuestro cuarto con una caja de champán) y me metía en cama, donde me dormía hasta que aparecía la de turno a pegar voces.

Al mediodía, cuando estaba ya disponible y duchado, ejercía mi papel de anfitrión del sancta sanctorum; cualquiera que me viese diría que en aquella habitación se especulaba con drogas. Escondía la vía de Ana y de mi prima para que bajasen a fumar, recibía visitas sospechosas que metía en el baño como si me fuesen a pasar armas, pero allí solo los abrazaba en silencio mientras les decía: «No digas nada»; salía y entraba mirando a mis espaldas mientras en la planta empezaba a correrse la voz de que realmente no era malo, sino un poco esquizofrénico. 

Manuel Jabois, Manu