lunes, 30 de septiembre de 2013

I love you Sam

Normalmente me resisto un poco a traer clasicazos clasiquísimos de ayer, de hoy y de siempre. Pero ayer volví a escuchar a Sam Cooke en los Sonideros y no he podido resistirme. No os pongo su canción más famosa aunque sea perfecta (incluso después de escucharla un millón de veces), pero casi cualquiera vale.
Me vino a la cabeza una conversación con G. volviendo a casa después de clase, cuando teníamos unos 20 años. Me preguntó qué música me gustaba. Aparte de lo que nos gustaba a todos en aquel momento, le dije que había descubierto a Sam Cooke y a Otis Redding, y que no paraba de escucharlos en ese tiempo. Eso que te gusta se llama "soul", me dijo él. Como era grande y tenía barba, supuse que sabría mucho y tendría razón. Parece mentira, pero hasta entonces no había oído hablar del soul. Y mírame ahora...

I'm so lonely tonight

if I could only hold you once more
if I could only kiss you once more
if I could only see you one more time, one more time

things wouldn't be the way the are now
I'd make you see I loved you somehow
if I could only see you one more time

so please say you'll let me see you
five minutes alone
it's so hard to make you understand
talking on the phone

I'd like you to know I know I was wrong
I'd like you to know my love is still strong
yee, but I'd like to see you one more time

I'm so lonely tonight

martes, 24 de septiembre de 2013

Fante

 


El reencuentro con mi madre era siempre la parte más difícil de mis visitas. Mi madre era de las que se desmayaban, sobre todo si la ausencia había sido superior a tres meses. Cuando no llegaban a tres, la situación estaba controlada hasta cierto punto. En estos casos se limitaba a tambalearse y a hacer amagos de derrumbe, pero dándonos tiempo para sujetarla e impedir la caída. Una ausencia de un mes no acarreaba ninguna consecuencia. Lloraba un poco y lanzaba su habitual andanada de preguntas.
Pero en esta ocasión habían transcurrido seis meses y sabía por experiencia que no debía presentarme ante ella de sopetón. La técnica era entrar de puntillas, abrazarla por detrás, anunciarme tranquilamente y esperar a que se le doblaran las rodillas. De otro modo, se quedaba sin aliento, exclamaba "¡Gracias a Dios!" y se desplomaba. Una vez en el suelo, sabía doblar las articulaciones como una masa de gelatina y no había forma de levantarla. Cuando el hijo visitante se cansaba de tirar de ella y de gruñir, se levantaba por su propio pie y se ponía a preparar una cena especial. A mi madre le gustaban los desmayos. Los ejecutaba con mucho arte. Bastaba con que un apuntador cualquiera le diese una entrada.
También le gustaba morirse. Un par de veces al año, sobre todo por Navidad, recibíamos un telegrama avisándonos de que mamá estaba agonizando. No podíamos arriesgarnos a que por una vez fuera cierto. Los hijos, desde distintos puntos del Lejano Oeste, llegábamos a toda prisa a San Juan para cuidarla en su lecho de muerte. Durante un par de horas se moría, hacía ruidos de vajilla rota con la garganta, ponía los ojos en blanco, nos llamaba por nuestro nombre conforme daba los primeros pasos por el valle de sombras. De repente se sentía mucho mejor, abandonaba despacio el lecho de muerte y se ponía a preparar una abundante cena a base de raviolis.

John Fante, Llenos de vida

lunes, 23 de septiembre de 2013

Desayuno de domingo

Para despedirnos del verano, iniciamos una nueva tradición: "Desayunos en el Edén, 1ª edición". Chez Inma.

 El pre-desayuno

 La maravillosa cocina de I.

I can't believe it. Incluso ha comprado prensa variada.

 Frambuesas, grosellas, arándanos, ciruela claudia

 El post-desayuno

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Enseres masculinos

Es uno de esos hombres que todo lo quieren hacer ellos mismos.
Hay que amarlo con estantes, cajones y guarismos,
con lo que hay en sus armarios o que por debajo asoma.
Taladros, martillos, tenazas, un crisol, una redoma.
No hay cosa que no sirva para nada.
Varillas de paraguas, resortes, una cuchilla oxidada,
pegamentos medio secos, tubos medio exprimidos,
frascos grandes y pequeños con líquidos ya podridos,
un surtido de piedritas, un yunquecito, un torno,
un despertador y a un lado cien tornillos sin retorno,
un escarabajo muerto dentro de una jabonera,
y esa botella que tiene pintada una calavera,
molduras largas y cortas, enchufes, juntas, un broche,
tres plumas de gallineta traídas del Mamry una noche,
varios corchos de champán atrapados en cemento
y dos lentes chamuscadas durante el experimento
una pila de tablitas y barritas, cartoncitos y plaquitas
que tuvieron algún día -o tendrán- utilidad infinita,
mangos de distintas cosas, jirones de manta, retazos de cuero,
montones de llaves y clavos y un tirachinas de niño certero...
¿Y si tiráramos algo? -pregunté yo una vez, inocente.
El hombre al que amo me miró severamente.

Wislawa Szymborska, Amor feliz y otros poemas