Mi madre y yo estábamos en Grecia, en alguna isla perdida. Ella se
tomaba un apertitivo en una terracita al borde del mar, un mar turquesa y
silencioso. Mientras tanto, yo nadaba bajo su atenta mirada, me
impresionaba la transparencia y la calma de ese mar que más parecía una
piscina. A lo lejos se divisaba otra isla, alguna ruina y yo intentaba
llegar a nado hasta ella. Mi madre y su vestido, también turquesa, eran un
punto cada vez más lejano y pequeño, pero eso no me inquietaba. Nada me
inquietaba. Por fin la paz.
A mi sueño sólo le ha faltado un sirtaki... cualquier día busco el single que teníamos de Zorba el Griego y me arranco.

