Yo me aficioné al café cuando todavía no me dejaban tomarlo porque era
asunto de mayores. Y me aficioné en la degus de Legarreta a la que solía
ir mi madre. En los años 70, la degus era uno de los centros
neurálgicos del barrio y la recuerdo siempre bulliciosa: La máquina que permanentemente molía el café hacía tanto ruido que todas esas señoras con cardado setentero tenían que hablar alto para entenderse.
Mientras mi madre charlaba con sus amigas, yo aspiraba aquel maravilloso
aroma (olerlo al menos se me permitía), dando vueltas en aquellos
taburetes giratorios que hoy serían totalmente viejunos vintage.
Aquella degus no existe desde hace mucho tiempo, pero sí alguna otra a la que me lanzo como una posesa cuando necesito un café de verdad y no estoy para tonterías.
Ya sé que los auténticos cafeteros defienden el café solo. A mí también me gusta solo, pero lo propio en una degus es tomarlo con leche concentrada y con un poco de espuma.
Hoy, después de por lo menos 30 años he vuelto a comprar en Legarreta un paquete de cuarto recién molido. No es que vaya a abandonar la Nespresso (fue el último regalo que me hizo mi padre y tiene su valor), pero después de tanto café rápido, volver a la cafetera italiana, al café molido y a su olor por toda la casa, es otra felicidad.
Aquella degus no existe desde hace mucho tiempo, pero sí alguna otra a la que me lanzo como una posesa cuando necesito un café de verdad y no estoy para tonterías.
Ya sé que los auténticos cafeteros defienden el café solo. A mí también me gusta solo, pero lo propio en una degus es tomarlo con leche concentrada y con un poco de espuma.
Hoy, después de por lo menos 30 años he vuelto a comprar en Legarreta un paquete de cuarto recién molido. No es que vaya a abandonar la Nespresso (fue el último regalo que me hizo mi padre y tiene su valor), pero después de tanto café rápido, volver a la cafetera italiana, al café molido y a su olor por toda la casa, es otra felicidad.
Sí, me la tomo entera.
