sábado, 13 de diciembre de 2014

Aviones

Y no me entusiasma demasiado la espera interminable del equipaje después de aterrizar, ni el jet lag que te excava un túnel transatlántico en el cráneo con una cucharilla particularmente roma. Es lo de en medio lo que me gusta, esa parte en la que estás encerrado en una caja de metal que está flotando entre el cielo y la tierra. Una caja de metal que está totalmente separada del mundo, dentro de la cual no existe el tiempo real, ni el clima real, sólo una rodaja jugosa de limbo que dura desde el despegue hasta el aterrizaje.
Y, por raro que parezca, esos vuelos no sólo significan comerme el plato precocinado y recalentado que el sardónico publicista de la aerolínea decidió llamar "Delicia de Gran Altitud". Para mí son una especie de desvinculación meditativa del mundo. Los vuelos son momentos expansivos en los que el teléfono no suena e internet no funciona. La máxima de que el tiempo de vuelo es tiempo perdido me libera de mis ansiedades y sentimientos de culpa, y me despoja de todas las ambiciones, dejando sitio para una especie de existencia diferente. Una existencia feliz, idiota, la de alguien que no intenta sacar el máximo provecho al tiempo, sino que se contenta sencillamente con encontrar el modo más placentero de pasarlo.

Etgar Keret, Los siete años de abundancia

domingo, 21 de septiembre de 2014

Viaje sentimental

Ya sé que el turismo ha destruído Venecia. Pero no podía morirme sin recorrer sus canales. De momento no tengo intención de morirme, pero por si acaso, me escapo. Será algo fugaz. Un viaje sentimental pero de ninguna manera triste.

Hasta ahora, la Venecia que tengo en la cabeza es esa en blanco y negro que Ana me enseñó en sus fotos, hace tantos años que he perdido la cuenta. Me la imagino con su mirada miope y su Nikon colgada del cuello parada en cualquier esquina, mirando. Ahora me tocará mirar a mí.



Fotos: Ana L. de Munain


domingo, 14 de septiembre de 2014

sábado, 30 de agosto de 2014

Fin de etapa



Ayer recogí los últimos bultos que quedaban en casa de mi madre: la aspiradora, las carpetas con facturas y papeles importantes, la caja con todas las fotos familiares, un jersey de ella que finalmente no pude tirar al contenedor de ropa. Me esperaban en el portal y recogí todo rápidamente sin pararme a pensar, aunque es cierto que llevo muchos días despidiéndome de la casa. Ver los huecos vacíos, sin muebles, sin cuadros, sólo con marcas en las paredes y muchas huellas de nuestro paso por allí (toda una vida, al fin y al cabo), me resultaba aún más conmovedor.
Estos días he pasado muchos ratos sentada en el suelo (ya no había sillas) repasando las cosas que he vivido allí, olfateando los armarios vacíos...supongo que es esa la única forma de despedirse de los lugares.
Siento una mezcla de tristeza, alivio y cansancio infinito. Siento que la entrega de mi llavero azul marcará un antes y un después en mi vida; a partir de hoy tendré que descubrir de nuevo dónde está mi casa, a dónde puedo volver. A partir de hoy serán otras personas las que ocupen ese espacio y eso aún me resulta inconcebible, pero supongo que no tardaré en acostumbrarme.
Pero estos días observo todo el proceso como uno de los momentos cruciales de la vida, el momento en el que definitivamente y aunque me resista, me habré hecho mayor.

martes, 5 de agosto de 2014

Verano


La luz del sur me cura de casi todo.
Por primera vez en muchos años, vacaciones de verdad (sin la angustia del teléfono). Cortas pero perfectas.
Soy una suertuda.
 


domingo, 4 de mayo de 2014

Gennaro


 Mi madre (con pañuelo), en el sur de Italia

Antes de casarse, en los años 60, mi madre hizo con sus amigas un viaje a Italia del que me habló durante toda su vida. Durante aquel viaje hicieron varios amigos con los que, al volver a casa, intercambiaron algunas postales y después desaparecieron sin dejar rastro. Pero hace unos 15 años mi madre encontró en un papel amarillento la dirección de uno de ellos, Gennaro. Tuvo el impulso de escribirle, de preguntarle qué había sido de su vida en todos estos años. Creo recordar que no fue fácil dar con él, pero no tardó mucho en conseguirlo. Un día, de pronto, me encontré a mi madre toda excitada hablando por teléfono en italiano (pero no sabía italiano). Yo soy muy de impulsos de ese tipo, así que me metí en la historia por completo.
En fin, que de aquello resurgió una amistad que se ha mantenido a lo largo de los años, por vía casi exclusivamente epistolar. Gennaro y su mujer, Gulseren casi forman parte de la familia desde entonces, aunque estos últimos años, la precaria salud de todos ha distanciado mucho sus cartas.
Ayer por primera vez, fui yo quien escribió a Gennaro para darle la noticia de la muerte de mi madre, su amiga. Él, que ya ha cumplido 80 años, me ha escrito un mensaje largo y emocionante que me ha hecho llorar. He tenido que prometerle que en cuanto pueda iré a conocerle. Aunque tenga que hablar italiano (que no sé).

Shanghai

Nada como escapar a la otra punta del mundo para resetear.

Pudong, desde el Bund

Día de colada

Tranquilidad callejera


Broadway Mansions Hotel


Pasado y presente
Templo de Confucio
Años 30


Lujo en Nanjin Lu
Shanghai Financial Center
El Bund casi invisible Desde la Torre Jin Mao
Piso 88


Callejones
Normandie Apartments (años 20)

Detrás del Bund

Andamios de bambú

Dumplings en el Din Tai Fung. Enganchan.

Bibimbap coreano

Berenjena con cangrejo

The Bund


miércoles, 9 de abril de 2014

Ma mère


 Madre: en el fondo de tu vientre se hicieron en silencio mis ojos, mi boca, mis manos.

Gabriela Mistral

[Gracias a JAM por la cita y a todos por vuestro apoyo en estos días tan tristes. Y gracias a mi madre, claro, por lo que me quiso.]

jueves, 13 de marzo de 2014

Gregory Porter

Ayer tuve la fortuna de ver a Gregory Porter en directo, en La Bombonera (Cómo me gusta ese teatro).
Elegante como él solo, como un pincel -pasamontañas incluído-, simpático y con una voz envolvente y poderosa que dominaba a la perfección. También estuvieron fantásticos los músicos que le acompañaron. 


 Gregory, tu voz me recuerda a la voz de algunos grandes.
 

miércoles, 26 de febrero de 2014

Lo que se pierde

¿Saben cómo es la pampa? Campos lacios, eucaliptus, un paisaje solo en apariencia inofensivo, donde un atardecer gris puede pintar, con tu sangre angustiada, una alfombra que termine en el infierno. Yo soy de ahí, de ese paisaje. Allí mi abuelo me enseñó a hacer almácigos, mi abuela me leyó el Struwwelpeter, mi madre me dijo que no siempre las cosas crueles se hacen con crueldad. “Necesito un gancho para alcanzar las ramas altas”, dice ahora, en la casa donde me crié, mi padre, y lo veo desaparecer entre las ramas de la higuera, mientras mis hermanos y yo gritamos para advertir de peligros absurdos —una abeja, un fruto podrido—, y nos reímos como idiotas mientras él junta higos para hacer dulce. Después, en la tarde, vamos a pescar y volvemos cuando cae el sol, sin haber pescado nada. Esa noche cenamos bajo la parra, sobre una mesa de piedra que está allí desde que mis abuelos eran jóvenes, desde que plantaron estos árboles y un océano de calas que ya no existe. Al día siguiente revisamos, con mi hermano menor, cajas repletas de juguetes, de muñecas antiguas que se me deshacen entre los dedos. A las dos de la tarde empezamos a sacar la ropa de mi madre de los armarios. La guardamos en bolsas (su camisa de seda con estampado de pequeñas anclas), y las dejamos sobre la cama, sin saber muy bien qué hacer. En la noche regreso a Buenos Aires, mirando las estrellas, como si la ruta fuera un tobogán suave por el que solo quedara deslizarse. Y de pronto, en la radio, suena una canción. Y recuerdo aquel verso de Arnaldo Calveyra: “¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara”. No es verdad que todo permanezca dentro de nosotros. Hay cosas que se pierden para siempre. Hay, en el coraje de saberlo, una belleza helada. Aunque hunda un dedo en tu corazón y te lo rompa en pedazos.


[¿Y quién no ha perdido? Si, a mí también me ha conmovido leer hoy a Leila Guerriero]

sábado, 15 de febrero de 2014

I'm movin' on

Creíais que me había caído por el agujero del lavabo? Pues no: I'm movin' on.