Y no me entusiasma demasiado la espera interminable del equipaje después de aterrizar, ni el jet lag que te excava un túnel transatlántico en el cráneo con una cucharilla particularmente roma. Es lo de en medio lo que me gusta, esa parte en la que estás encerrado en una caja de metal que está flotando entre el cielo y la tierra. Una caja de metal que está totalmente separada del mundo, dentro de la cual no existe el tiempo real, ni el clima real, sólo una rodaja jugosa de limbo que dura desde el despegue hasta el aterrizaje.
Y, por raro que parezca, esos vuelos no sólo significan comerme el plato precocinado y recalentado que el sardónico publicista de la aerolínea decidió llamar "Delicia de Gran Altitud". Para mí son una especie de desvinculación meditativa del mundo. Los vuelos son momentos expansivos en los que el teléfono no suena e internet no funciona. La máxima de que el tiempo de vuelo es tiempo perdido me libera de mis ansiedades y sentimientos de culpa, y me despoja de todas las ambiciones, dejando sitio para una especie de existencia diferente. Una existencia feliz, idiota, la de alguien que no intenta sacar el máximo provecho al tiempo, sino que se contenta sencillamente con encontrar el modo más placentero de pasarlo.
Etgar Keret, Los siete años de abundancia
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