Ayer recogí los últimos bultos que quedaban en casa de mi madre: la aspiradora, las carpetas con facturas y papeles importantes, la caja con todas las fotos familiares, un jersey de ella que finalmente no pude tirar al contenedor de ropa. Me esperaban en el portal y recogí todo rápidamente sin pararme a pensar, aunque es cierto que llevo muchos días despidiéndome de la casa. Ver los huecos vacíos, sin muebles, sin cuadros, sólo con marcas en las paredes y muchas huellas de nuestro paso por allí (toda una vida, al fin y al cabo), me resultaba aún más conmovedor.
Estos días he pasado muchos ratos sentada en el suelo (ya no había sillas) repasando las cosas que he vivido allí, olfateando los armarios vacíos...supongo que es esa la única forma de despedirse de los lugares.
Siento una mezcla de tristeza, alivio y cansancio infinito. Siento que la entrega de mi llavero azul marcará un antes y un después en mi vida; a partir de hoy tendré que descubrir de nuevo dónde está mi casa, a dónde puedo volver. A partir de hoy serán otras personas las que ocupen ese espacio y eso aún me resulta inconcebible, pero supongo que no tardaré en acostumbrarme.
Pero estos días observo todo el proceso como uno de los momentos cruciales de la vida, el momento en el que definitivamente y aunque me resista, me habré hecho mayor.








