domingo, 12 de junio de 2016

Satisfaction guaranteed

Mi amigo B. siempre insiste en que toque un instrumento, sea cual sea. Es algo que, según él, te cambia la vida (para bien). En su última visita descubrió que el ukelele me cae simpático, y decidió atacar por ahí: "Una vida sin ukelele es una vida malgastada" afirmó categóricamente delante de un café y a una hora en la que todavía se habla en serio. Y yo, que le respeto mucho y que además, siempre estoy buscando pequeños salvavidas, decidí hacerle caso. Me compré un ukelele. Me enteré de todo lo que se cocía en mi ciudad alrededor de esa cosita tan pequeña y manejable. Me apunté a un curso de dos horas y ya podía empezar a cacharrear. Es lo bueno del ukelele: Te enseñan cuatro cositas y ya estás listo para tocar!


Desde ese día he asistido a varias ukedadas, consistentes en reuniones de (unas veinte?) personas de toda edad y condición, con ganas de tocar el ukelele y, a medida que la cosa se relaja, cantar todo tipo de canciones. Cualquier canción es ukelelizable y tocar en grupo me da una alegría que hace tiempo no encontraba en ninguna otra cosa. Como os digo, cualquier canción vale, pero me ha hecho especial ilusión poder tocar alguna de la Creedence, o  alguna  otra, despojada por completo de su halo melancólico. Y claro, también está bien emular a Chuck Berry... que se lo digan a este señor.



Os lo aseguro: Esto es mejor que todas las terapias que conozco.