Es necesario
dotar a todo niño de una casa. Un lugar que, aún perdido, pueda más tarde
servirle de refugio y recorrer con la imaginación buscando su alcoba, sus
juegos, sus fantasmas. Una casa: ya sé que se deja, se destruye, se pierde, se
vende, se abandona. Pero al niño hay que dársela porque no olvidará nada de
ella, nada será desperdicio, su memoria conservará el color de sus muros, el
aire de sus ventanas, las manchas del cielo raso y hasta "la figura
escondida en las venas del mármol de la chimenea". Todo para él será atesoramiento.
Más tarde no importa. Uno se acostumbra a ser transeúnte y la casa se convierte
en posada. Pero para el niño la casa es su mundo, el mundo. Niño extranjero,
sin casa. En casas de paso, de paseo, de pasaje, de pasajero, que no dejarán en
él más que imágenes evanescentes de muebles innobles y muros insensatos. ¿Dónde
buscará su niñez en medio de tanto trajín y tanto extravío? La casa, en cambio,
la verdadera, es el lugar donde uno trascurre y se trasforma, en el marco de la
tentación, del ensueño, de la fantasía, de la depredación, del hallazgo y del
deslumbramiento. Lo que seremos está allí, en su configuración y sus objetos.
Nada en el mundo abierto y andarín podrá remplazar al espacio cerrado de
nuestra infancia, donde algo ocurrió que nos hizo diferentes y que aún perdura
y que podemos rescatar cuando recordamos aquel lugar de nuestra casa.
Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas
[Muchas gracias, I. por esas pildoritas de última hora]
