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sábado, 1 de junio de 2013

Manu

Fueron los días más tormentosos de mi vida, y que el niño hubiese nacido sin problemas los convirtió en un bálsamo. Ya todo tenía su orden en el universo. De golpe fue lo más natural del mundo que mi prima, que nació un mes más tarde que yo, hubiese parido al mismo tiempo que Ana y estuviese con su bebé en la habitación de enfrente. Había una cierta coherencia en que mi abuelo estuviese dos plantas más arriba incapaz de reaccionar al coma en que lo había dejado el ictus. Podía decirse que por las buenas y por las malas mi familia había tomado el Hospital Provincial de Pontevedra. Me cruzaba en la cafetería con los hermanos de Ana, veía fugazmente a mis padres subiendo unas escaleras, mi tía entraba en la habitación como ATS, llamaba mi primo desde Antibes a la habitación de su hermana y me ponía yo, mis tíos se enjugaban las lágrimas de vuelta de la planta de Neurología a la de Maternidad, donde sonreían y nos felicitaban como si fuese Nochevieja.

Todo aquello devino en brote, claro. En la segunda noche, con Ana y el niño durmiendo, cogí un folio en blanco y esbocé un pequeño mapa del hospital marcando las zonas de influencia y señalizando con colores las máquinas de agua y las máquinas de chuches según fueran de la familia o estaban en poder del enemigo, tal que objetivos militares. Acababa a las seis de la mañana medio enloquecido, tiraba el folio por el váter para evitar que Ana lo viese y me internasen en Psiquiatría (lo que bien mirado nos hubiera dado poder en un ala del centro que teníamos desasistida, pese a los esfuerzos de una amiga de Ana que apareció en nuestro cuarto con una caja de champán) y me metía en cama, donde me dormía hasta que aparecía la de turno a pegar voces.

Al mediodía, cuando estaba ya disponible y duchado, ejercía mi papel de anfitrión del sancta sanctorum; cualquiera que me viese diría que en aquella habitación se especulaba con drogas. Escondía la vía de Ana y de mi prima para que bajasen a fumar, recibía visitas sospechosas que metía en el baño como si me fuesen a pasar armas, pero allí solo los abrazaba en silencio mientras les decía: «No digas nada»; salía y entraba mirando a mis espaldas mientras en la planta empezaba a correrse la voz de que realmente no era malo, sino un poco esquizofrénico. 

Manuel Jabois, Manu