domingo, 30 de junio de 2013

Lizaso

 Lizaso, Ultzama, Navarra






 Roble

 Paseo hacia Gorrontz

El valle de Ultzama desde Gorrontz

 Siesta


Concierto matutino en Orgi

jueves, 20 de junio de 2013

¿Por qué elegir?

Toda la vida que si yo soy más de los Rolling, que si los Beatles eran mejores, que si tal que si cual que si Pascual. Yo me quedo con todos (con todos los buenos).

Hoy me amenizan mientras cocino

Egos



Duelo de volcanes (Lo siento, no he encontrado ninguna escena subtitulada)

Trabajé con Marlon Brando en Piel de serpiente. Es un tipo suspicaz. No sé si seguirá tomándose esa molestia, pero Brando solía probar al director el primer o segundo día de rodaje. Lo que hacía era darte dos tomas aparentemente idénticas. Excepto que en una estaba realmente trabajando con todo su ser, mientras que en la otra sólo te daba una indicación de cómo era la emoción a representar. Luego se fijaba en cuál decidías dar por buena. Si el director escogía la equivocada, la que sólo contenía una "indicación", Marlon lo tenía claro. Haría de mala gana el resto de su interpretación, o convertiría la vida del director en un infierno, o quizá ambas cosas. Nadie tiene derecho a probar a la gente así, pero puedo entender por qué lo hace. No quiere expresar su vida interior ante alguien incapaz de ver lo que está haciendo.

Sidney Lumet, Así se hacen las películas

martes, 18 de junio de 2013

La libertad de elegir

Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos a algunos hombres que visitaban los barracones consolando a los demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino.

Y allí siempre se presentaban ocasiones para elegir. A diario, a cualquier hora, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión; una decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con robarle el último resquicio de su personalidad: la libertad interior. Una decisión que también prefijaba si la persona se convertiría -al renunciar a su propia libertad y dignidad- en juguete o esclavo de las condiciones del campo, para así dejarse moldear hasta conducirse como un prisionero típico.

Contempladas desde este ángulo, las reacciones psíquicas de los internados se presentaban como el efecto lógico de un determinado cúmulo de condiciones físicas y sociológicas. Aunque algunas situaciones, como el crónico déficit de sueño, la escasísima alimentación y las múltiples tensiones psíquicas, podrían inducirnos a suponer un comportamiento uniforme y estereotipado de los internos, sin embargo, si se analiza la cuestión en profundidad, se advierte que cada prisionero se convertía en un determinado tipo de persona, y ese tipo personal era más el resultado de una decisión íntima que el producto de las férreas y tiránicas influencias recibidas en la vida del lager. En conclusión, cada hombre, aún bajo unas condiciones tan trágicas, guarda la libertad interior de decidir quién quiere ser -espiritual y mentalmente-, porque incluso en esas circunstancias es capaz de conservar la dignidad de seguir sintiendo como un ser humano.

Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.

Los cigarrillos o la vida

Los internos comunes jamás fumábamos los cigarrillos ganados: se cambiaban por alimentos. El privilegio de fumar estaba reservado a los kapos, con su cuota semanal asegurada; a veces, también algún prisionero que trabajaba como capataz en un almacén o taller y recibía cigarrillos como compensación por realizar tareas peligrosas. ¡Si un interno se fumaba sus propios cigarrillos evidenciaba un muy mal presagio! Significaba un síntoma inequívoco de la pérdida de su voluntad de vivir y un abandono fatalista para "disfrutar" al máximo de los pequeños placeres en los últimos días de vida. Señal, además, de haber renunciado a la lucha por la supervivencia, y una vez perdida la voluntad de vivir, raramente se recuperaba.  

Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

[He necesitado muchos años para ser capaz de leer un libro sobre el holocausto, aunque en realidad es un libro sobre cualquiera de nosotros. Y posiblemente debería haberlo leído hace años, cuando lo vi por primera vez en las estanterías de mis padres.]

lunes, 17 de junio de 2013

I want it back

Rubia o morena, qué más da. Con ese carácter y ese chorro de voz no es fácil confundirla con otra.


JOY

I don't want you anymore
cause you took my joy
i don't want you anymore
you took my joy
you took my joy
i want it back
you took my joy
i want it back

Esta canción, para Maite, la simpática donostiarra que nos alegró la noche.

miércoles, 12 de junio de 2013

martes, 11 de junio de 2013

Regalos

E. me ha traído hoy dos regalos: Una docena de huevos de sus gallinas, y una preciosa taza del Museo de Historia Natural de Londres.

Pildoritas de bonheur

viernes, 7 de junio de 2013

3, 2, 1, descomprimiendo...

Es curioso que aunque me espere un fin de semana enmarronado por completo, llegan las tres de la tarde del viernes y me vengo arriba por lo menos durante un rato. Así que os pongo una canción para descomprimir el cerebro, aunque en realidad, más que de viernes por la tarde, veo esta canción como para el clásico momento épico del sábado por la noche, cuando se encienden las luces del bar anunciando el cierre, y todos parecen eufóricos y amigos para siempre.
Oh baby, take me in your arms, please!

domingo, 2 de junio de 2013

sábado, 1 de junio de 2013

Manu

Fueron los días más tormentosos de mi vida, y que el niño hubiese nacido sin problemas los convirtió en un bálsamo. Ya todo tenía su orden en el universo. De golpe fue lo más natural del mundo que mi prima, que nació un mes más tarde que yo, hubiese parido al mismo tiempo que Ana y estuviese con su bebé en la habitación de enfrente. Había una cierta coherencia en que mi abuelo estuviese dos plantas más arriba incapaz de reaccionar al coma en que lo había dejado el ictus. Podía decirse que por las buenas y por las malas mi familia había tomado el Hospital Provincial de Pontevedra. Me cruzaba en la cafetería con los hermanos de Ana, veía fugazmente a mis padres subiendo unas escaleras, mi tía entraba en la habitación como ATS, llamaba mi primo desde Antibes a la habitación de su hermana y me ponía yo, mis tíos se enjugaban las lágrimas de vuelta de la planta de Neurología a la de Maternidad, donde sonreían y nos felicitaban como si fuese Nochevieja.

Todo aquello devino en brote, claro. En la segunda noche, con Ana y el niño durmiendo, cogí un folio en blanco y esbocé un pequeño mapa del hospital marcando las zonas de influencia y señalizando con colores las máquinas de agua y las máquinas de chuches según fueran de la familia o estaban en poder del enemigo, tal que objetivos militares. Acababa a las seis de la mañana medio enloquecido, tiraba el folio por el váter para evitar que Ana lo viese y me internasen en Psiquiatría (lo que bien mirado nos hubiera dado poder en un ala del centro que teníamos desasistida, pese a los esfuerzos de una amiga de Ana que apareció en nuestro cuarto con una caja de champán) y me metía en cama, donde me dormía hasta que aparecía la de turno a pegar voces.

Al mediodía, cuando estaba ya disponible y duchado, ejercía mi papel de anfitrión del sancta sanctorum; cualquiera que me viese diría que en aquella habitación se especulaba con drogas. Escondía la vía de Ana y de mi prima para que bajasen a fumar, recibía visitas sospechosas que metía en el baño como si me fuesen a pasar armas, pero allí solo los abrazaba en silencio mientras les decía: «No digas nada»; salía y entraba mirando a mis espaldas mientras en la planta empezaba a correrse la voz de que realmente no era malo, sino un poco esquizofrénico. 

Manuel Jabois, Manu

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Escuchar a Ruper Ordorika es estar en casa.



Desde los tiempos de Ez da posible hasta otros más recientes, pasando por sus aventuras con Hiru Truku, siempre anda por ahí cerca, como si fuera un primo segundo de casi todos nosotros. Y a todos nos cae bien, cosa rara.

A esa folkie escondida que hay en mí la tengo a raya, pero con Hiru Truku le dejo alegrarse.