Yo estaba nerviosa, no estoy habituada a que nadie me espere en el aeropuerto, y menos alguien a quien no conozco. ¿Cómo haremos? ¿En qué hablaremos? ¿Me reconocerá?.
Pero nada más abrirse la puerta de las llegadas, escuché mi nombre y todo fue más fácil de lo esperado. Allí estaba Gennaro, el antiguo amigo de mi madre, esperándome. Gennaro: Napolitano (pero milanés de adopción), 80 años -aunque aparenta muchos menos-, pelo blanco, sonrisa burlona. Todo un caballero a la antigua usanza. El también estaba un poco nervioso, se había puesto elegante para recibirme, un traje bueno, corbata, zapatos relucientes, como si hubiera quedado con mi madre hace 50 años. Habla en italiano, yo en castellano. Lo entendemos todo. Es un auténtico anfitrión y consigue que yo cambie mi plan inicial de vernos sólo un rato. Decido aceptar su hospitalidad, y sorprendentemente me cuesta seguir su ritmo. Me gustan las explicaciones que me va dando mientras paseamos por el barrio de Brera, "guarda Virginia, guarda", me dice señalando algo. Nunca son observaciones demasiado evidentes o vulgares. Me invita a un helado, me trae un plano de la ciudad, me habla de su familia, de su padre, que era poeta. Me pregunta si prefiero que me deje tranquila, no quiere molestar. Es inagotable, y a medida que pasa el tiempo me parece que su vena napolitana va saliendo a la luz, me encanta cómo habla con todo el mundo, los camareros, los taxistas. Es amable con todos.
Me conmueve cómo me habla de su mujer, que murió hace pocos años. Se refiere a ella como mi amada, mi amor. Definitivamente, Gennaro es el último romántico.
Le he traído algunas fotos de mi madre a lo largo del tiempo, porque no volvieron a verse jamás, y una carta que él le escribió y que ella había conservado desde el año 61, en un sobre amarillento en el que ella apuntó, 30 años después de conocerse, todas las pistas y anotaciones que le permitieron seguir los pasos de Gennaro: números de teléfono, direcciones, nombres de familiares... Desde que se reencontraron siguieron escribiéndose hasta hace un par de años.
Se ha emocionado, nos hemos emocionado los dos.
Mañana hará un año que murió mi madre, y sé que me reconfortará beberme un vino blanco con Gennaro y brindar por ella. Se lo debo.
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