Es uno de esos hombres que todo lo quieren hacer ellos mismos.
Hay que amarlo con estantes, cajones y guarismos,
con lo que hay en sus armarios o que por debajo asoma.
Taladros, martillos, tenazas, un crisol, una redoma.
No hay cosa que no sirva para nada.
Varillas de paraguas, resortes, una cuchilla oxidada,
pegamentos medio secos, tubos medio exprimidos,
frascos grandes y pequeños con líquidos ya podridos,
un surtido de piedritas, un yunquecito, un torno,
un despertador y a un lado cien tornillos sin retorno,
un escarabajo muerto dentro de una jabonera,
y esa botella que tiene pintada una calavera,
molduras largas y cortas, enchufes, juntas, un broche,
tres plumas de gallineta traídas del Mamry una noche,
varios corchos de champán atrapados en cemento
y dos lentes chamuscadas durante el experimento
una pila de tablitas y barritas, cartoncitos y plaquitas
que tuvieron algún día -o tendrán- utilidad infinita,
mangos de distintas cosas, jirones de manta, retazos de cuero,
montones de llaves y clavos y un tirachinas de niño certero...
¿Y si tiráramos algo? -pregunté yo una vez, inocente.
El hombre al que amo me miró severamente.
Wislawa Szymborska, Amor feliz y otros poemas
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